Dos días después de hacerme un aborto, fui a una reunión social en la que había una mujer que poco antes había perdido su embarazo de seis meses. Todos trataban de estar alegres y ocurrentes, pero al mismo tiempo de medirse, de guardar cierto recato. Y aunque esa mujer era muy fuerte y conversaba y sonreía, costaba mucho esfuerzo disipar la nube de angustia y sufrimiento que la envolvía. Me acerqué a ella en un momento, y a pesar de que no nos conocíamos mucho, me habló de lo que le había pasado. Me dijo que tenía la sensación de que todo era irreal. Me dijo que su cuerpo estaba en esa fiesta, pero que su alma estaba en otra parte. No sé por qué me lo dijo a mí, pero la escuché. Yo del aborto no le dije nada. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué yo había decidido interrumpir un embarazo, justo a ella que no lo había decidido y lo había perdido? Era claro que esa mujer estaba sumergida en un duelo del que le costaría mucho salir.
Del duelo del aborto, en cambio, no se habla. Como no se habla del aborto, no se habla del duelo del aborto.


Tenía que “levantar” la casa de mis padres. Se dice increíblemente así. En el lenguaje copulan la materia y el ánima. Se levanta una casa cuando se la crea, cuando se la hace surgir de la nada, y ella va surgiendo de abajo para arriba. Pero también se la levanta cuando se la vacía, y ya no quedan restos de quienes vivieron allí. Sólo ahora, que me tocó hacerlo, me doy cuenta de esos dos sentidos, y de la notable diferencia de resonancias entre ambos. El primero infla los pulmones de esperanza y energía. El segundo lame el pecho con su saliva triste.


Por: Adriana Balaguer
Llegar soltera a cierta edad aún es una deshonra. Antes si tenías más de 25 y seguías sin pareja, eras un caso perdido y estabas destinada a cuidar a tus padres el resto de tu vida. Ahora, si superaste los 35 y seguís sola por elección, estás encubriendo tu homosexualidad o tu mal carácter, aunque el mundo ponga cara de entender razones vinculadas a las exigencias de tu carrera profesional o a tu deseo de mantener relaciones libres con hombres libres, a los que (por otro lado) nadie señala con el dedo acusador por su decisión de mantenerse solteros.
Rosario L tenía un buen pasar económico. Y le sobraban candidatos: ejecutivos, artistas, profesionales, casados, separados, solteros. Pero con ninguno de ellos mantenía una relación estable, de esas que se presentan a la familia en el bautismo de un sobrinito.
Para sus amigas, sobre todo para las casadas, era una ídola. Pero para el resto del mundo, era un espécimen raro que debía dar explicaciones. Más de una vez hasta se vio obligada a hablar de su intimidad con extraños: “estar sola no es sinónimo de no tener una vida sexual activa”, era una de sus frases de cabecera. Y pronunciarla tenía su costo, algunas tías la miraban como si trabajara de bailarina en un cabaret.
Una vez avisó en la oficina que iba a tomarse un par de semanas de vacaciones en el verano. Enseguida, tuvo que aclararle a la gerente de Recursos Humanos que aunque no tuviera familia también quería irse en enero o febrero. “Pero si no tenés chicos y a vos te da lo mismo, dejales esos meses a los que tienen hijos”, fue el argumento con el que intentaron cambiarle sus planes.
La cosa no terminó así. Una vez que consiguió que en el trabajo le confirmaran la fecha que quería, tuvo que soportar que en las agencias de turismo le insistieran para formar parte de grupos de solas y solos armados para llenar cruceros, clubes vacacionales y otros espacios inventados para quienes odian la soledad. Y hubo más: mantuvo largas discusiones con los vendedores de paquetes turísticos porque le presupuestaban su descanso en base doble.
Finalmente, logró subirse a un micro rumbo a un paraíso cercano. Pero cuando desde la escalerita saludaba a su hermana que la había llevado a la terminal de ómnibus, tuvo que dar la última explicación: “Sí, llevo la cámara fotográfica aunque vaya sola, ¿cuál es el problema?”
Fuente: Desesperadas, historias de mujeres que no se creen el sexo débil
http://ar.mujer.yahoo.com/blog/Adriana-Balaguer/

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